¿La seguridad es lo primero?

Es un eslogan ampliamente conocido: “La seguridad es lo primero”. Por lo general, utilizamos un eslogan para expresar algo que queremos, pero que aún no hacemos con la frecuencia necesaria. Esto sugiere que, en la práctica, la seguridad no siempre ocupa el primer lugar.

Esto plantea dos preguntas: por qué ocurre y si la seguridad debería ser realmente lo primero. De ello trata este blog

¿Es realmente la seguridad lo primero?

Cuando analizamos incidentes y casi accidentes, observamos con frecuencia que la seguridad no fue la prioridad. Las personas toman innumerables decisiones a lo largo del día y, en ese proceso, la opción más segura suele quedar relegada frente a la más eficiente, la más orientada al objetivo o la más sencilla.

Brain Based Safety ha identificado diversas razones que explican este fenómeno. Las denominamos “kronkels”: motivadores internos que incrementan la disposición de una persona a asumir riesgos.

Decimos que elegimos el camino más seguro, pero en la práctica no siempre es así. Asumir riesgos parece formar parte inherente de la vida.

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¿Por qué los riesgos forman parte del juego?

Si nos remontamos miles de años atrás, encontramos antepasados que solo podían sobrevivir asumiendo riesgos. Cazar presas grandes implicaba un alto nivel de peligro y podía salir mal con facilidad. Sin embargo, la necesidad de alimento pesaba más que el posible daño derivado de enfrentarse a la presa.

Sin asumir riesgos, los seres humanos habrían estado condenados a morir de hambre y, en última instancia, a extinguirse. Nuestro ADN está programado para asumir riesgos calculados. La tolerancia al riesgo forma parte esencial de nuestra existencia.

¿Debería la seguridad ser lo primero, después de todo?

Depende de a quién se le pregunte. Para un empleado, la elección presenta un enfoque distinto al que tiene para un supervisor o un directivo, lo que convierte este tema en una cuestión compleja.

A los empleados se les exige una ejecución controlada con un nivel mínimo de riesgo. Sin embargo, los líderes asumen un rol diferente: deben mantener varias pelotas en el aire al mismo tiempo. Además de la seguridad, han de alcanzar otros objetivos, tomando decisiones equilibradas entre prioridades que compiten entre sí.

Esta realidad genera, en ocasiones, una tensión entre el discurso (“ningún riesgo”) y la práctica (riesgo calculado). Desde la perspectiva del empleado: “Dicen que la seguridad es lo primero, pero ellos mismos no actúan así”.

A continuación, se analizan ambas perspectivas.

La perspectiva del empleado

Los empleados experimentan las consecuencias de los procesos de trabajo inseguros de forma más directa que nadie. Al fin y al cabo, están “en primera línea” y, cuando existen riesgos, son los primeros en afrontarlos. Por ello, las tareas se organizan de manera que puedan ejecutarlas de forma segura. Las normas y los procedimientos están diseñados para proteger este proceso.

En ocasiones, estas medidas pueden percibirse como engorrosas, lo que puede llevar a que los empleados consideren la seguridad como excesiva. No obstante, disponen de un ADN que tolera cierto nivel de riesgo, especialmente cuando este facilita la consecución de un objetivo.

Sin embargo, la sociedad exige que siempre se priorice la opción más segura, con el objetivo de que todas las personas regresen a casa sanas y salvas. A esto lo denominamos el principio de Safety First

La perspectiva del líder/directivo

Los líderes tienen un objetivo principal diferente: alcanzar un resultado definido. Para lograrlo, deben cumplirse de forma simultánea varios subobjetivos. Además de la seguridad, es necesario alcanzar la cantidad, la calidad y la sostenibilidad del producto o servicio. Si estos objetivos no se cumplen, la organización puede dejar de ser viable. La supervivencia del sistema se convierte, por tanto, en la máxima prioridad del líder. En este sentido, no se trata de Safety First, sino de Survival of the System First.

Equilibrar: mantener varias pelotas en el aire

En ocasiones, estos subobjetivos entran en conflicto entre sí. Esto implica que no pueden maximizarse todos a la vez, sino que deben optimizarse. Por ejemplo, una forma más segura de trabajar suele requerir más tiempo. La energía y los recursos son limitados, por lo que gestionar no consiste en elegir siempre la opción absolutamente más segura, sino en alcanzar un nivel de seguridad aceptable dentro del conjunto de prioridades. Como consecuencia, los empleados pueden percibir que no siempre se elige la opción más segura. Esta situación puede interpretarse como una incoherencia, generando una tensión entre el discurso y la práctica

Ser un modelo de conducta en un mundo contradictorio

Ser líder no es una tarea sencilla. Los líderes deben comunicar intenciones que, en ocasiones, pueden percibirse como contradictorias. El trabajo debe realizarse de forma segura y, al mismo tiempo, la tarea debe completarse. Así, cuando un líder afirma: “Trabajad de forma segura, pero espero que esta tarea esté terminada esta tarde”, es probable que el empleado interprete: “Pase lo que pase, esto tiene que estar terminado esta tarde”. El líder considera que ha transmitido la importancia de la seguridad, pero el empleado percibe principalmente la presión por el rendimiento. Esta aparente contradicción puede afectar a la credibilidad del líder como modelo de conducta.

La intención pura

Sin embargo, cuando un líder es capaz de explicar con claridad por qué se toma una determinada decisión y demuestra coherencia entre sus intenciones y sus acciones, aumenta la disposición de las personas a alinearse con esa intención.

La seguridad es un ámbito ambivalente, con contradicciones inherentes que, cuando se explican, los empleados pueden comprender adecuadamente. Existe un dicho en el ámbito jurídico que lo resume: “La excepción confirma la regla”. Incluso cuando no es posible optar al 100 % por la solución más segura, una comunicación adecuada permite seguir reforzando la seguridad. La explicación y la claridad incrementan el impacto del liderazgo.

Juni Daalmans
January 2026

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