¿Por qué tenemos normas?
Siempre que un proceso no funciona como se desea —porque produce resultados inconsistentes, es inseguro, requiere mucho esfuerzo o resulta demasiado costoso—, el primer impulso suele ser establecer nuevas normas. Cuanto mayor es la corrección deseada, más estrictas se vuelven las medidas. Este fenómeno se conoce como el reflejo riesgo–regla.
La lógica es sencilla: más y mejores normas generarán un mayor control sobre los procesos y, por tanto, aumentarán la probabilidad de lograr el resultado previsto. Sin embargo, esta suposición solo es parcialmente correcta. Las normas ofrecen orientación sobre qué hacer, pero quienes las diseñan rara vez consideran su impacto en el sistema en su conjunto.
¿Es una norma la mejor respuesta?
Una pregunta que pocas veces nos planteamos es si la norma es realmente la mejor solución al problema. En muchos casos, existen alternativas como reforzar las capacidades de quienes ejecutan el trabajo mediante formación y recursos, establecer mecanismos de retroalimentación o invertir en liderazgo.
Con frecuencia, se recurre a las normas porque su implementación es una de las formas más sencillas de ejercer el liderazgo. El directivo o responsable establece la norma, mientras que otros asumen su aplicación. La carga de la ejecución no recae sobre quien la define.
El precio oculto de las normas o reglas
Las normas nunca son neutrales. A menudo pasan desapercibidos los costes asociados a su cumplimiento: el tiempo adicional, la atención, la energía y los recursos necesarios para aplicarlas. A medida que aumenta la regulación, también lo hacen estos costes, así como la confusión derivada de un entorno normativo complejo.
Aunque el aumento del control pueda parecer evidente, el equilibrio entre costes y beneficios puede verse distorsionado. Investigadores como Ira Helsloot y Wim Voermans llevan años advirtiendo sobre este desequilibrio.
Un ejemplo ilustrativo es la normativa sobre el amianto: incluso la retirada de pequeños tabiques exigía el uso de equipos de protección completos para los profesionales, mientras que los particulares estaban exentos. El resultado fue una incredulidad generalizada, elevados costes y largos plazos de ejecución, sin que la regulación se ajustara. Ante esto, surge una pregunta clave: ¿por qué resulta tan difícil revertir una medida que ha crecido de forma desproporcionada?
Dos sistemas cerebrales: miedo y razón
Parte de la explicación reside en la forma en que nuestro cerebro gestiona el riesgo. El sistema límbico, encargado de detectar el peligro, activa nuestra respuesta de alerta. Esta reacción emocional —basada en el miedo y la inquietud— es rápida y demanda acción inmediata: Safety First.
Por otro lado, las áreas cognitivas del cerebro evalúan los costes de cumplimiento y analizan cuál es la forma más eficiente de reducir el riesgo. Este proceso es más lento y responde a un razonamiento a largo plazo.
La urgencia de actuar
La acumulación de los costes de cumplimiento
Nuestro cerebro tiende de forma natural a buscar el camino que requiere menos energía. Sin embargo, bajo amenaza, la eficiencia pasa temporalmente a un segundo plano. Las normas que resuelven un problema también pueden generar costes. A medida que se añaden más normas, estos costes se acumulan: los procesos se ralentizan, la burocracia aumenta y el sistema pierde agilidad. La satisfacción laboral se ve claramente afectada.
Este fenómeno se observa con especial claridad en el ámbito sanitario. Por temor a un uso indebido de los recursos, los profesionales deben justificar su tiempo con gran detalle. Por cada hora de trabajo, se dedica aproximadamente media hora adicional a tareas de registro e informe. El problema original —garantizar un uso adecuado de los recursos— se aborda, pero la solución resulta considerablemente más costosa. Este modelo supone un coste de miles de millones para la sociedad cada año, mientras continúan aumentando las demandas de reducción presupuestaria.
Por qué es tan difícil eliminar normas
A primera vista, parecería lógico reducir estas cargas administrativas, pero rara vez sucede. Por el contrario, ampliar el sistema suele resultar más aceptable que simplificarlo. De forma individual, cada norma puede justificarse, y sus debilidades se “corrigen” añadiendo nuevas reglas.
Eliminar un solo elemento puede generar efectos secundarios no deseados, lo que activa una respuesta de cautela en nuestro sistema límbico. Además, el coste adicional de una norma aislada es difícil de medir; los efectos se hacen visibles principalmente en su interacción con otras. Como resultado, falta un mecanismo de retroalimentación eficaz que permita optimizar el conjunto del sistema normativo.
Resistencia
Los sistemas normativos tienden a volverse progresivamente resistentes al cambio. Se transforman en ecosistemas con múltiples dependencias internas, ya sea en sistemas de calidad, marcos de seguridad o legislación fiscal. Estos sistemas tienden a autorregularse y presentan características similares a una máquina de movimiento perpetuo.
Aunque desde un punto de vista teórico esto podría parecer inviable, en la práctica se observa con frecuencia. Por ello, resulta poco realista pensar que la simple modificación de normas pueda contener o transformar un sistema de esta naturaleza.
Innovar en lugar de reparar
Para abordar un sistema de este tipo, la solución más eficaz consiste en replantearlo desde su origen. Es necesario desprenderse mentalmente de lo existente, “limpiar la mesa” y generar espacio para reconsiderar el problema desde una nueva perspectiva.
Este enfoque facilita un pensamiento más creativo y estructurado. Una herramienta útil es redefinir las clásicas cinco W (por qué, qué, quién, cuándo y dónde). Solo una vez definido un nuevo enfoque y una nueva forma de trabajo, tiene sentido revisar el sistema anterior para identificar posibles carencias.
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Juni Daalmans
October 2025
[1] WRR stands for the Scientific Council for Government Policy.
[2] Professor of the Governance of Safety and Security at Radboud University Nijmegen; Head of Crisislab.
[3] Professor of Constitutional and Administrative Law at Leiden University.
[4] A perpetual motion machine (perpetuum mobile) is a Latin term meaning “continuous motion.” It refers to a long-standing concept in physics describing a theoretical device that, once set in motion, would continue to operate indefinitely without any external energy input.
